Hoy os quiero contar una historia del pasado, de esas que
tus padre son hacen más que recordar cada vez que se juntan con sus amigos. Y
si encima es con ellos con quienes vivió ese momento, más aún.
Todo se remonta a cuando mi hermana y yo teníamos 8 años.
Siempre hemos veraneado en Mojacar (Almería) pero ese verano del 95 mis padres
cambiaron el destino. ¿Adivinan dónde? Denia. A día de hoy no sé qué les hizo
dejar el sur por el levante y más en pleno verano. ¿Qué por qué? Por la tan
conocida “gota fría”. Es algo que no se me va a olvidar y no porque me acuerde
de ese verano pero sí de las imágenes que vienen a mi mente, fotogramas de
aquella experiencia.
Partimos rumbo a Denia mis padres, mi hermana melliza, los
amigos de mi padres (Blanca y Maik, su marido alemán) y yo. Se le ocurrió a mi
padre, de eso de haber sido hippie, ir de camping. Sí, sí. De camping al
Levante. Un amigo les recomendó uno que aparentaba estar “chulo”, que pudimos
contemplar en un folleto, a lo que se
sumó tener todo lo necesario para ello gracias a que mi abuelo acampaba cuando
iba de pesca.
Según les he oído decirnos una y otra vez, y que hoy es
habitual por Internet, no te fíes de lo que ves al 100%. ¡Ahí está! Parece ser
que las cosas que veíamos en el folleto no existían o existían en su principio
y luego desaparecieron misteriosamente. Por ejemplo fue el caso de la piscina.
Mi padre sigue diciendo a día de hoy que faltaban los cocodrilos entre tanta
agua verde y ramas. Ya nos podíamos despedir desde nuestra llegada de darnos un
bañecito allí, pero como estábamos cerca de la playa no debimos darle mayor
importancia. Pasado eso por alto, clavamos nuestras tiendas y a empezar nuestra
estancia.
Pero llegó lo que por Almería nunca habíamos visto. ¡¡LA
GOTA FRIA!! No había visto llover tanto ¡en la vida! ¡Qué cantidad de agua
cayó! Nunca se me olvidará ver a Maik y a mi padre de un lado para otro
intentando recoger la ropa, nuestros juguetes, las cosas personales,…. Aquí el
primer fotograma. Nosotras en el coche con mi madre y con Blanca.
De allí nos fuimos a un motel en la carretera. No se crean
que por placer, sino porque no había sitio de toda la gente de campings que
habían hospedado esa noche. Empieza aquí mi segundo recuerdo/fotogramas.
Llegamos al motel y no había luz. Cogimos dos habitaciones, para la familia y
para la pareja. Al no haber luz, unas escasas velas iluminaban las
habitaciones. De repente llamaron a la puerta y era la de recepción que venía a
preguntar por un candelabro que estaba en el pasillo y había desaparecido. Ni
idea de ello. Eso sí, luego averiguamos donde estaba. En la habitación de al
lado, la de los amigos de mis padres que, ante la escasez de luz, decidieron
cogerlo.
A partir de aquí no me acuerdo y esto es lo que mis padres y
sus amigos recuerdan siempre. Al día siguiente nos dirigimos al camping a
recoger nuestras cosas y a que nos devolvieran el dinero. Estaba todo el mundo
igual, y el dueño sin aparecer. Todos estábamos a que nos cubriera su seguro el
valor de los daños (como la tienda de campaña de mi abuelo). Por ello,
decidimos irnos sin pagar tras recoger nuestras cosas. Nosotros y el resto.
Pero ahí no acaba la cosa.
Nuestro motel estaba junto a la comisaria. Y mis padres tendiendo la tienda de campaña
en su muro para que se secara. Encima cada vez que íbamos a la playa pasamos
por el maldito camping. El resumen de ese verano para mis padres es: NO VOLVER.
Donde esté su amada Almería que se quite todo.
Siempre serán unas vacaciones diferentes, algo que hace
tener recuerdos, no sé si buenos o malos, que recordar con los amigos.
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