CAPITULO
3
Volveré
a España
18-
Julio- 2014
-Ángela
hija, date prisa o no llegaremos-grita mi madre desde el piso de abajo.
-¡Ya voy!-le
contesto a mi madre desde mi habitación.
Ella lo esta
pasando muy mal. A pesar de mis veintitrés años de edad sigo siendo como una niña para ella. Soy
la mayor de tres hermanas.
Sandra tiene dieciséis años y está
empezando a entrar en la edad en la que te empieza a importar el aspecto y
vistes a la moda, los chicos dejan de ser el enemigo por pasar a ser el novio,
te vuelves más perezosa en clase,… Menudos recuerdos de esa época. Pero Sandra
es una chica lista y sabrá tomar las riendas de su nueva vida como adolescente.
Como su hermana mayor que soy me toca aguantarla más que nadie. No me gusta que
me quite la ropa de mi armario. Por ello, discutimos mucho. Ahora se que voy a
echar de menos esos momentos juntas en la cama hablando de chicos, bueno, de
sus chicos.
Por su parte, Mónica tiene siete años. Es mi
princesita. No quiere que me vaya a Londres. Siempre he cuidado de ellas, pero
de Mónica de la que más. Voy a echar de menos las tardes de té en su habitación
o las sesiones de estrafalario maquillaje.
Cuando estoy
cerrando la maleta de mano veo encima de mi escritorio una foto de los cinco,
de cuando papa se empeño en hacer senderismo por la sierra de Gredos y casi nos
perdemos. Saco la fotografía del marco y la meto en el bolso. Una vez me
aseguro de que lo tengo todo, cojo la maleta y mi aparatoso bolso y me decido a
abandonar mi cuarto. Antes de salir por la puerta me giro para echar un vistazo
a mi habitación. Todavía mantiene el color rosa pastel en las paredes que mi
madre se empeño en colorear. Durante un año no volveré a dormir en mi mullida y
amplia cama y no me levantaré molesta porque el hijo mayor de la casa de al
lado pone a las nueve de la mañana de un sábado la música disco a tope. Pero lo
he pensado mucho y no voy a echarme atrás. Soy una chica muy arriesgada, por lo
que cojo una buena bocanada de aire, cuento hasta diez y me encamino escaleras
abajo arrastrando mi última de mis dos maletas y la maletilla de mano.
En la puerta
de entrada mi madre me espera con Mónica al lado.
-Venga hija, que no llegamos a coger el avión-dice nerviosa.
Salgo por la
puerta y mi padre me recoge con una sonrisa la maleta y la mete en el maletero.
Me subo en nuestro coche con mi bolso donde llevo el portátil. Sandra está con
los auriculares puestos oyendo música. Mónica entra y se sienta a mi lado. Me
mira con sus enormes ojos verdes. No me gusta que me mire así en estos
momentos. Voy a estar lejos de ella un año y la voy a extrañar mucho. Es
normal, es la primera vez que salgo de España y encima sola. ¡Qué ganas!
-Cinturones abrochados que nos vamos-interrumpe mis pensamientos mi padre.
Se que a él es
al que más voy a extrañar. Es el hombre de la casa, y de mi vida. Es el mejor
del mundo. Cuando les dije a mis padres que me quería ir un año a Londres a
aprender inglés mi padre me comprendió, claro que tras pensarlo unos cuantos minutos
tras otros de llorera donde sólo podía decir: “No, es mi niña y no”. Mi madre
puso el grito en el cielo. Imaginaos que escena. Al final, ambos reflexionaron
y luego me dieron su aprobación. Créanme, cuando les dije que me iba los ojos de
mi madre, a la que todos consideramos la fuerte de la familia, mostraban pena. Sumadlos
a los de mi padre como os he dicho. Soy su niña y ve como me alejo de su lado.
Peor fue cuando le presente a mi primer novio, Aitor. Imaginar al típico macarrilla de
dieciocho años y con los pantalones caídos dejando ver los calzoncillos. Creo
que visitó mi casa ese día y no volvió a ver a mi padre. Hay momentos en los
que mi padre pone una mirada de sabueso que
da realmente miedo. Nunca se lo pregunte a Aitor pero entendí que mi padre no
dudo en ponerle ese cara.
Esos y muchos
recuerdos más me acechan durante todo el camino hacia el aeropuerto: mis
amigas, mi abuela, el sol de España, la comida,… Todo iba a ser diferente en
unas cuantas horas y…. ¡tenía unas ganas! Aumentan cuando aparcamos en la Terminal 4 del aeropuerto
de Barajas. Mi madre nos mete prisa para bajar del coche porque cree que
llegamos tarde. ¿Tarde? Si falta más de una hora para que mi vuelo salga.
A toda prisa
recorremos los largos pasillo del aeropuerto en dirección al mostrador por
donde me toca embarcar. Allí, una amable recepcionista me entrega mi billete,
etiqueta mis maletas y las coloca en la cinta para que las lleven a mi vuelo. En
mi poder me dejan llevar el bolso, donde llevo el portátil y la maletilla de
mano. Antes de entrar en la zona de embarque, me voy con mis padres a una
cafetería cerca de la zona. Mi padre se pide su típico café: con mucha espuma.
¡Mmm..., que bien huele! Ese olor me trae muchos recuerdos a la mente: domingos
por la mañana en la cocina cuando mi padre no trabaja y decidimos irnos de
paseo ya sea a la montaña o al centro. Mi madre, por el contrario, se pide una
tila. Si, para calmar los nervios. Quedan menos de diez minutos para que cruce
el detector de metales y alejarme un año de ellos. Es normal aunque intente
hacerse la fuerte. La tila la delata. Sandra y yo nos tomamos un refresco y
Mónica un zumo. Parecen tranquilas.
-Bueno, esta es la última vez que estaremos juntos hasta dentro de
un año-dice mi nerviosa mi
madre.- Aunque sabes Ángela que te puedes venir
cuando quieras, no tienes porque estar allí todo el año.
-No te preocupes mamá, que si fuera así no lo dudaría-digo para que se calme- Además, pronto
vendréis a verme.
-Ten cuidado con las maletas. Aterrizaras en el aeropuerto de Heathrow a
la una de la tarde.
Luego quiero que te cojas un taxi y directa al piso. Una vez allí quiero que
nos llames, calculo que sobre las dos ¿oído?-dice mi padre.
Asiento con la
cabeza y me tomo el último sorbo de mi Coca Cola. A los posos minutos nos
levantamos y nos dirigimos a la zona de embarque. Allí me despido de mi
familia, uno por uno. Primero cojo a mi hermana Mónica en brazos y le doy miles
de besos. Mi hermana Sandra se avalancha sobre mi y me abraza muy fuerte. Mi
madre aguanta las lágrimas que empiezan a brotar por sus mejillas pero cuando me
abraza me llena de besos la cara y me dice que me quiere miles de veces. A
escondidas de mi padre me mete más dinero en el bolsillo de la cazadora. Mi
padre es el último. Él si que contiene las lágrimas pero tiene ojos vidriosos.
Me abraza y me dice al odio que me quiere, que me va a extrañar mucho y que en
breves me harán una visita y me llevarán cosas de comer. Eso se que lo
agradeceré de verdad: jamón serrano, chorizo, lomo,…
Me dirijo
hacia el detector de metales. Siempre me han aterrorizado esos chismes. Lleves
lo que lleves siempre pita y aunque vayas preparada siempre temes a que pite y
todo el mundo te mire como si llevaras algo malo. Son un sin vivir pero esta
vez voy preparadísima no como cuando fuimos a aquel museo que llevaba un
pantalón con chapas y, como no dejaba de pitar, me metieron en una sala. Antes
de cruzar me mira el de seguridad y me da una cesta para dejar las cosas
metálicas. Cojo la cesta sonriéndole y dejo todo lo que llevo y cruzo el
detector sin pitar. Lo bien que se siente uno cuando no suena se refleja en la
cara de alegría que se pone. Cuando estoy recogiendo mis cosas del cesto miro
hacia atrás. Allí está mi familia diciéndome adiós con la mano y llorando. ¡Qué
estampa! Les digo adiós, les sonrío y me dirijo a mi destino. Londres,
prepárate que… ¡allá voy!.
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