lunes, 4 de abril de 2016

EL TÉ DE LAS CINCO (3)


CAPITULO 3

Volveré a España

18- Julio- 2014


Londres, Londres, Londres. Es lo único que se me pasa por la cabeza. Creía que se me haría muy difícil dejar atrás Madrid e irme a vivir a un país extranjero y desconocido para mí. Hace un par de años que acabe mi carrera de Trabajo Social y, ante la escasez de trabajo en España, he decidido irme a aprender idiomas fuera, cosa que se ha puesto muy de moda entre los estudiantes.



-Ángela hija, date prisa o no llegaremos-grita mi madre desde el piso de abajo.



-¡Ya voy!-le contesto a mi madre desde mi habitación.


Ella lo esta pasando muy mal. A pesar de mis veintitrés años de edad sigo siendo como una niña para ella. Soy la mayor de tres hermanas. Sandra tiene dieciséis años y está empezando a entrar en la edad en la que te empieza a importar el aspecto y vistes a la moda, los chicos dejan de ser el enemigo por pasar a ser el novio, te vuelves más perezosa en clase,… Menudos recuerdos de esa época. Pero Sandra es una chica lista y sabrá tomar las riendas de su nueva vida como adolescente. Como su hermana mayor que soy me toca aguantarla más que nadie. No me gusta que me quite la ropa de mi armario. Por ello, discutimos mucho. Ahora se que voy a echar de menos esos momentos juntas en la cama hablando de chicos, bueno, de sus chicos.

Por su parte, Mónica tiene siete años. Es mi princesita. No quiere que me vaya a Londres. Siempre he cuidado de ellas, pero de Mónica de la que más. Voy a echar de menos las tardes de té en su habitación o las sesiones de estrafalario maquillaje.


Cuando estoy cerrando la maleta de mano veo encima de mi escritorio una foto de los cinco, de cuando papa se empeño en hacer senderismo por la sierra de Gredos y casi nos perdemos. Saco la fotografía del marco y la meto en el bolso. Una vez me aseguro de que lo tengo todo, cojo la maleta y mi aparatoso bolso y me decido a abandonar mi cuarto. Antes de salir por la puerta me giro para echar un vistazo a mi habitación. Todavía mantiene el color rosa pastel en las paredes que mi madre se empeño en colorear. Durante un año no volveré a dormir en mi mullida y amplia cama y no me levantaré molesta porque el hijo mayor de la casa de al lado pone a las nueve de la mañana de un sábado la música disco a tope. Pero lo he pensado mucho y no voy a echarme atrás. Soy una chica muy arriesgada, por lo que cojo una buena bocanada de aire, cuento hasta diez y me encamino escaleras abajo arrastrando mi última de mis dos maletas y la maletilla de mano.


En la puerta de entrada mi madre me espera con Mónica al lado.



-Venga hija, que no llegamos a coger el avión-dice nerviosa.


Salgo por la puerta y mi padre me recoge con una sonrisa la maleta y la mete en el maletero. Me subo en nuestro coche con mi bolso donde llevo el portátil. Sandra está con los auriculares puestos oyendo música. Mónica entra y se sienta a mi lado. Me mira con sus enormes ojos verdes. No me gusta que me mire así en estos momentos. Voy a estar lejos de ella un año y la voy a extrañar mucho. Es normal, es la primera vez que salgo de España y encima sola. ¡Qué ganas!



-Cinturones abrochados que nos vamos-interrumpe mis pensamientos mi padre.


Se que a él es al que más voy a extrañar. Es el hombre de la casa, y de mi vida. Es el mejor del mundo. Cuando les dije a mis padres que me quería ir un año a Londres a aprender inglés mi padre me comprendió, claro que tras pensarlo unos cuantos minutos tras otros de llorera donde sólo podía decir: “No, es mi niña y no”. Mi madre puso el grito en el cielo. Imaginaos que escena. Al final, ambos reflexionaron y luego me dieron su aprobación. Créanme, cuando les dije que me iba los ojos de mi madre, a la que todos consideramos la fuerte de la familia, mostraban pena. Sumadlos a los de mi padre como os he dicho. Soy su niña y ve como me alejo de su lado. Peor fue cuando le presente a mi primer novio, Aitor. Imaginar al típico macarrilla de dieciocho años y con los pantalones caídos dejando ver los calzoncillos. Creo que visitó mi casa ese día y no volvió a ver a mi padre. Hay momentos en los que  mi padre pone una mirada de sabueso que da realmente miedo. Nunca se lo pregunte a Aitor pero entendí que mi padre no dudo en ponerle ese cara.


Esos y muchos recuerdos más me acechan durante todo el camino hacia el aeropuerto: mis amigas, mi abuela, el sol de España, la comida,… Todo iba a ser diferente en unas cuantas horas y…. ¡tenía unas ganas! Aumentan cuando aparcamos en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Mi madre nos mete prisa para bajar del coche porque cree que llegamos tarde. ¿Tarde? Si falta más de una hora para que mi vuelo salga.


A toda prisa recorremos los largos pasillo del aeropuerto en dirección al mostrador por donde me toca embarcar. Allí, una amable recepcionista me entrega mi billete, etiqueta mis maletas y las coloca en la cinta para que las lleven a mi vuelo. En mi poder me dejan llevar el bolso, donde llevo el portátil y la maletilla de mano. Antes de entrar en la zona de embarque, me voy con mis padres a una cafetería cerca de la zona. Mi padre se pide su típico café: con mucha espuma. ¡Mmm..., que bien huele! Ese olor me trae muchos recuerdos a la mente: domingos por la mañana en la cocina cuando mi padre no trabaja y decidimos irnos de paseo ya sea a la montaña o al centro. Mi madre, por el contrario, se pide una tila. Si, para calmar los nervios. Quedan menos de diez minutos para que cruce el detector de metales y alejarme un año de ellos. Es normal aunque intente hacerse la fuerte. La tila la delata. Sandra y yo nos tomamos un refresco y Mónica un zumo. Parecen tranquilas.



-Bueno, esta es la última vez que estaremos juntos hasta dentro de un año-dice mi nerviosa mi madre.- Aunque sabes Ángela que te puedes venir cuando quieras, no tienes porque estar allí todo el año.



-No te preocupes mamá, que si fuera así no lo dudaría-digo para que se calme- Además, pronto vendréis a verme.



-Ten cuidado con las maletas. Aterrizaras en el aeropuerto de Heathrow a la una de la tarde. Luego quiero que te cojas un taxi y directa al piso. Una vez allí quiero que nos llames, calculo que sobre las dos ¿oído?-dice mi padre.


Asiento con la cabeza y me tomo el último sorbo de mi Coca Cola. A los posos minutos nos levantamos y nos dirigimos a la zona de embarque. Allí me despido de mi familia, uno por uno. Primero cojo a mi hermana Mónica en brazos y le doy miles de besos. Mi hermana Sandra se avalancha sobre mi y me abraza muy fuerte. Mi madre aguanta las lágrimas que empiezan a brotar por sus mejillas pero cuando me abraza me llena de besos la cara y me dice que me quiere miles de veces. A escondidas de mi padre me mete más dinero en el bolsillo de la cazadora. Mi padre es el último. Él si que contiene las lágrimas pero tiene ojos vidriosos. Me abraza y me dice al odio que me quiere, que me va a extrañar mucho y que en breves me harán una visita y me llevarán cosas de comer. Eso se que lo agradeceré de verdad: jamón serrano, chorizo, lomo,…


Me dirijo hacia el detector de metales. Siempre me han aterrorizado esos chismes. Lleves lo que lleves siempre pita y aunque vayas preparada siempre temes a que pite y todo el mundo te mire como si llevaras algo malo. Son un sin vivir pero esta vez voy preparadísima no como cuando fuimos a aquel museo que llevaba un pantalón con chapas y, como no dejaba de pitar, me metieron en una sala. Antes de cruzar me mira el de seguridad y me da una cesta para dejar las cosas metálicas. Cojo la cesta sonriéndole y dejo todo lo que llevo y cruzo el detector sin pitar. Lo bien que se siente uno cuando no suena se refleja en la cara de alegría que se pone. Cuando estoy recogiendo mis cosas del cesto miro hacia atrás. Allí está mi familia diciéndome adiós con la mano y llorando. ¡Qué estampa! Les digo adiós, les sonrío y me dirijo a mi destino. Londres, prepárate que… ¡allá voy!.


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