lunes, 21 de marzo de 2016

EL TÉ DE LAS CINCO

Reconozco que hoy me ha pillado el toro y no tenía nada programado por lo que, por mi fallo, os dejo el primer capítulo que escribí de un libro que algún día deseo acabar.

Mañana quiero hacer un experimento y os pondré una entrada de cine: este capítulo en versión guión cinematográfico. Podreis darme vuestras ideas....


CAPITULO 1

Hoy empieza una nueva vida

15- Julio- 2014



Jamás me imagine que un día dejaría mi grandiosa y fabulosa casa. Suena mal decirlo así, pero lo cierto es que es verdad. Hacia un par de años atrás que deje de sentirla como mía. A mis padres siempre les ha gustado aparentar, por lo que nuestra casa se había convertido en un museo de coleccionistas donde ‘se ve pero no se toca’. Vamos que yo era lo que sobraba allí y me acabe por dar cuenta así de cómo la gente de la que estaba rodeado.



Hace una semana, a mi madre, Amelia Blair, se le antojó comprar una estatua de un escultor italiano llamado Antonio Cánova. Se gasto una gran suma de dinero en algo que no sabría explicar exactamente de qué es pero a ellos no les importa malgastarlo. Como podréis ver no soy muy aficionado a este tipo de arte y más desde que mis padres se volvieron ‘arteadictos’, algo que se ha puesto de moda en los últimos años entre la clase adinerada del municipio de St John’s Wood, Londres.



Para que os hagáis una idea: Cada casa de esta lujosa zona residencial vale millones de euros, por no decir libras. Imaginaos los dueños de cada casa: snobs que solo piensan en ellos y que, para disfrutar de su dinero y de sus fiestas, mandan a sus hijos a internados de lujo donde les enseñen a ser como ellos. Y lo alucinante es que esos jóvenes se convierten en la misma imagen que sus padres aunque peor, ya que están resentidos del trato que recibieron por parte de estos. Imaginaos cada generación.



Es eso lo que hicieron mis padres conmigo aunque les salieron más sus planes ya que sus ideales sobre mi futuro nunca vieron su fruto en mi persona. Es cierto que he crecido en el seno de una familia adinerada y que, por eso, nunca me ha faltado de nada. Bueno algo así. Mis padres. Cuando era más pequeño no me daba cuenta de la situación que se vivía en mi casa. Mis padres me compraban regalos con los que mantenerme calladito y por entonces con eso me valía para llenar su vacio. Ellos siempre estaban en fiestas y de viajes bien lejos de casa por lo que no tenían tiempo para estar conmigo y gastaban su dinero en pagar a viejas niñeras que me tuvieran entretenido durante todos lo años de mi infancia. Claro, entretenido con todo lo que me compraban, que tonto no era. Con los años pedía más y más y a ellos por una sonrisa mía les daba igual lo que pidiese.



Ahora con veinticinco años he vuelto del mundo de fantasía al mundo real, si se cual es ese mundo. No aguanto a mis padres. Sí. Suena brusco decir esto pero es así. Cuando más les he necesitado en la vida jamás han estado y ahora, que por fin soy mayor para tomar mis propias decisiones, me lo prohíben y esto supone enredamos en discusión tras discusión en las que siempre acabo mal parado. Normal, dos contra uno. Así llevamos tres duros y largos años.



Pero todo tiene un límite. El mío llego el domingo, durante la típica cena ‘familiar’. No pude contenerme más y exploté. Tenía tanto acumulado dentro que no dudé en decirles todo lo que sentía, y algunas cuantas cosas más. Ante mi reacción, sir Evan Blair, mi señor padre, no dudo en restregarme la vida que había llevado todos estos años de universidad.



-Entraste en Cambridge porque era lo que querías- miente, estudie allí porque él estudio allí- Querías irte a vivir con tus amigos a un colegio mayor que te recuerdo que era el más caro- en eso no se equivoca porque ya que gastaba por algo que no quería….- No te perdías ni una fiesta y te emborrachabas a menudo- mis amigos me ayudaban en ello y, por esos días, me apetecía evadirme de mi vida- Y encima que acabas la carrera con ayuda…- a eso se refiere a que pagó a mis profesores para que me aprobaran, vamos volvemos al tema del dinero-… me vienes con estas.



Tras estas palabras, y algunas menos finas más, mi padre, siempre tan orgulloso, no dudo en echarme de ‘su casa’. Y como el orgullo es algo que he heredado de él me levante de la mesa y me fui a mi habitación. Tras un portazo empecé a buscar piso en el centro de Londres e irme de “La casa de los señores Blair”. Al principio la idea me freno porque he de reconocer que no se valerme por mi mismo. Qué queréis que os diga, lo he mamado desde pequeño.



Tras unas horas de dudar de mis independentistas opiniones sobre mi futuro, me vino a la mente el dinero que por suerte o desgracia tengo y volví a mi firme idea de “Goodbye dad”. Tras tres días encerrado en mi habitación, buscando un lugar donde empezar una nueva vida sólo y sin compromisos, hoy cojo mis maletas, mi guitarra y me voy a vivir a la capital del Reino Unido donde empezar de nuevo, donde dejar de ser el hijo de papá, cosa que nunca he sido; y ser Ethan Blair. O sólo Ethan, el apellido me sobra.



Cuando ya tengo todas las maletas en la puerta de entrada, me giro para echar un último vistazo a la casa donde crecí. Como es de esperar no veo a mis padres. Seguro que se han ido a jugar al polo o a alguna reunión con sus adorables e inseparables “amigos”, esos que hablan a sus espaldas sin decir nada bueno de ellos.



¡Me da igual! Meto mis maletas en el taxi que me espera en la puerta y tengo que reconocer que, una vez meto la última y el taxista cierra el maletero, no puedo evitar mirar hacia atrás con algo de pena. Mis padres no han sido capaces de detenerme, de decirme que me quede, que fue un arrebato y que les perdone. Como veis no he dicho nada de ‘que me quieren’. Así es la vida. Yo tengo dinero pero no amor y cariño y ¿de qué me sirve? En estos momentos de poco, para subirme a ese taxi negro que me llevará a empezar una nueva vida en Carnaby Street y cambiar así lo que he sido hasta hace poco. No sé por dónde queda esa zona de la ciudad exactamente pero al tratarse de mi nueva residencia seguro que es sensacional y mejor que lo que ahora dejo atrás.



Tras un rato de viaje, viendo partes de la ciudad que nunca había visto, llego a mi destino. Me sorprende ver que a la entrada de mi nuevo barrio hay un letrero que da la bienvenida a Carnaby Street. ¿Qué majos parecen por aquí, no?

Como es una zona peatonal, el taxista me deja en la entrada. De haberlo sabido antes me habría triado a alguien para que me ayudara con todo esto pero ¿a quién? Por suerte, el portal de la casa está cerca y he quedado con el casero allí para que me enseñe el piso y me entregue las llaves. En el portal hay un hombre fumándose un cigarrillo en la puerta. Me mira y apura el cigarrillo antes de acercarse a mí.

-¿Es usted el señorito Blair?-me pregunta.

-Sí, pero si no le importa preferiría que me llamase Ethan-contesto al instante. No me gusta que me llamen por el apellido, me hace sentir mayor y dependiente.

-Llevo un rato esperándole. Soy Bob, su casero-me estrecha la mano- Aunque he de decir que se ha retrasado- me señala el reloj de oro que lleva en su mano derecha-. Déjeme que le ayude a subir las maletas y le enseño el apartamento- se acerca amablemente y me recoge del suelo dos maletas marrones.



Bob no se parece en nada a la gente con la que solía tratar a menudo en St John’s Wood. Alguna vez que otra he salido con mis amigos de fiesta por algunos pubs del centro por cambiar de aires y nos hemos topado con gente como Bob. No penséis mal de mí. Con esto me refiero a un tío agradable y humano.



Mientras subimos por las escaleras al último piso, me doy cuenta de que Bob está casado. Lleva una alianza en su mano izquierda. Además viste con ropa de lo que solemos catalogar como ‘ropa de padres’: una blusa de manga corta bien planchada por su mujer, unos pantalones largos pero veraniegos con los bajos bien metidos y unas sandalias con calcetines. A juzgar por su apariencia y el calor del verano, pienso que los pantalones se los ha puesto para recibirme. Imagino que iría con unos pantalones cortos, propios de la estación.  



Una vez llegamos a la puerta, Bob la abre y entramos. El apartamento es mejor de lo que me esperaba, y de lo que se veía por Internet. Nada más abrir la puerta hay un inmenso salón con unas ventanas acristalas enormes que dejan entrar la claridad del día soleado. Las paredes son de color crema. La cocina está integrada en el salón separada por una barra. Me sorprende ver que hay una nevera, cocina y lavadora. Es pequeña, como la cuarta parte del salón. A mi derecha, a la mitad del salón, hay una puerta que conduce a las habitaciones. Hay cuatro dormitorios. Entro en el primero de ellos, justo a la izquierda. Las paredes están pintadas de verde clarito. Me encanta ese color. La habitación es grande para una persona y para una cama familiar. Tiene un armario empotrado lo que hace más espaciosa la instancia. Por una ventana que da a la calle principal entra bastante luz, adecuada para poder estudiar. Está decidido, este será mi cuarto. Las otras habitaciones tienen el mismo aspecto salvo que las paredes son blancas, dos de ellas dan a un patio interior y la otra a la calle. Dos están pegadas al cuarto de baño y la mía y la de enfrente al salón. Dudo en si cambiarme a una de ellas pero al tirar de la cisterna cuando entro al baño para verlo, el ruido del agua me molesta y soy de los que se despiertan con el mínimo ruido. El baño es considerablemente amplio. Tiene una ducha espaciosa, un váter y dos lavabos bajo un espejo grande.

-¿Qué? ¿Le gusta la casa?-me dice Bob ante mi cara de asombro.



Asiento con la cabeza.



-Pues aún no ha visto todo- me dice mientras se dirige al otro lado del salón donde hay una puerta.-Aquí tiene otro baño, ve-abre la puerta- Mi mujer y las niñas siempre acaparaban el grande y decidí hacer otro para tener mi espacio básico. Además si van a vivir chicas aquí lo agradecerá-se ríe.



¿Chicas? No me había parado a pensar en compañeros de piso y menos en chicas. Es algo que se me escapó de la mente y, ante las dimensiones de la casa, no vendría mal buscar inquilinos que ayuden con los gastos de alquiler. Así también conocería a gente nueva y totalmente diferente a lo que estaba acostumbrado.

-¡Me la quedo!-digo con total convencimiento



Bob sonríe y me entrega las llaves. Me estrecha la mano.



-El alquiler vengo a buscarlo el último viernes de cada mes. Si tenéis alguna avería o veis que falla algo, por favor, llamadme, no lo hagáis solos o lo demoréis porque el daño puede ser mayor. Mucha suerte y… ¡bienvenido!-se despide, se va y cierra la puerta.



Estoy solo en mi nueva casa y estoy… ¡feliz! Por fin sin mis padres. La emoción me recorre por el cuerpo y me tiraría en el sofá, si lo hubiera. ¡Mierda! La casa no está amueblada, salvo por la cocina y los baños. Rápidamente busco en mi cartera la Visa Oro. Ahí está. Muchos años desaprovechada y ahora toca darla de sí y sin remordimiento alguno. Pero no me gusta nada ir de compras aunque se de alguien que sí. Cojo el Iphone y llamo a Marta. Marta es la chica ideal. No somos novios pero como si lo fuéramos ya que los dos sentimos una atracción muy fuerte por el otro, pero no queremos compromisos. Siempre hemos ido al mismo instituto y es un cañón de chica aunque es algo presumida. A ella le encantan las compras por lo que sé que no dudará en ayudarme. ¿Qué chica se resistiría a una Visa Oro?



-Hola guapa. ¿Qué haces? Me acabo de mudar por fin y me he dado cuenta de que no tengo muebles en la nueva casa y he pensado que te gustaría ayudarme y…. –sonrió, viene a ayudarme- Te espero en una hora. Tráete una botella de vino y lo celebremos. Hasta ahora guapa.



No iba a perder la oportunidad de pasar una noche con ella. Le devolvería el favor. Ahora vivo sólo y no tengo que dar explicaciones a nadie. ¡Sólo! En ese momento me viene a la mente la idea de compartir piso. Tengo tres habitaciones de más y la idea de conocer a gente nueva me gusta muchísimo por eso no dudo en coger mi mochila y sacar el Mac para la búsqueda. Existe entre toda las universidades de Londres una especie de blog donde los alumnos pueden colgar anuncios de todo tipo. Alguna vez he visto que se buscaban libros, apuntes o compañeros de piso por lo que me dispongo a poner mi primer anuncio y dar uso al blog.



“Estudiante busca tres compañeros de piso. No importa la edad ni el sexo. Los pagos se harán a partes iguales y la comida correrá del bolsillo de cada uno. La casa está situada en Carnaby Street. Se trata de un último piso amueblado y con mucha luz. Está bien comunicado ya que se encuentra cerca de la para de metro de Oxford Circus. Interesados llamad al 638 8175 0202. Mi nombre es Ethan”



La verdad que se me da bien vender cosas por lo que no tardó en escoger las palabras adecuadas y justas. Una vez le doy a publicar y reviso que esté en el tablón, llevo las maletas a mi cuarto, la primera habitación del pasillo a la izquierda. Cojo unos pantalones vaqueros, una camiseta, ropa interior limpia y me voy directo a darme una buena ducha. Tras un largo día donde he dejado atrás todo en mi vida, me merezco un momento de relax para mí. Además, Marta estará aquí en un rato y tengo que estar presentable.





Cuando salgo de la ducha, bien arreglado y limpio, me dirijo al salón donde he dejado el Mac encendido. Me siento en el suelo y un impulso cotilla me hace ver que ya han visto mi anuncio treinta siete personas. No esta mal para los primero treinta minutos. Apago el Mac y veo mi guitarra metida en su funda. Mis padres me la regalaron en un viaje que hicimos entre varias familias del club de polo cuando tenía quince años. Menudos tiempos aquellos. Tenían algo de tiempo para mí, aunque fuera compartido con ‘extraños’. La guitarra fue el mejor regalo que me han hecho en la vida. En mis momentos de soledad, muchos, me gusta tocar. Ahora es un momento especial por lo que pongo a improvisar algunas letras que no suenan nada mal. Al rato, llaman al telefonillo. Será Marta. Dejo la guitarra apoyada en la pared y me apresuro a abrir.

-¿Sí? Hola preciosa. Sube.-abro la puerta feliz ya que esto empieza a marchar.

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